Nueva Guia  

Cosas de Colmenar Viejo

El café de las columnas


* Fernando de la Morena Sanz


Todavía existen colmenareños, ya pocos, a los que este título les llevará a épocas de recordaciones de juventud, de juventud alegre y divertida, de entretenimientos sanos, en comunidad con los mayores, sin apartamientos generacionales: años veinte, treinta del pasado siglo XX.

Por aquellos tiempos, en Colmenar Viejo, los medios de diversión y esparcimiento eran muy distintos a los actuales, la base eran el baile, el paseo, las reuniones en casas particulares, y ya, aunque en grado menor, el cinematógrafo, no hacía mucho de su aparición, ¡ah!, y la conversación, la relación familiar, de cuyos entretenimientos participaban los vecinos dentro de sus respectivas clases sociales, que las había, aunque no la noble, lo que impidió la existencia de edificios blasonados e históricos de gran relieve. Eran clases medias, con cierta relevancia una, de ganaderos de toros de lidia y poseedores de fincas rústicas, aunque su origen fuera de industriales y comerciantes; otra de clase media distinta, y una tercera formada por los labradores, gentes de campo, poseedores de bienes rústicos, agrícolas; y la clase del pueblo llano, gente que vivía de un jornal. Cada uno de estos grupos tenía sus lugares de reunión, de esparcimiento, sitios con nombres determinados: Café de las Columnas o Casino; Casino del Progreso o Café del Tío Hilario, Baile de Lucas, Baile de Chingala, y las modestas tabernas, lugares adonde acudían los colmenareños según su posición social y circunstancias familiares.

Este medio, este estado, se lo llevó la guerra civil de 1936 y las circunstancias sociales pasaron a ser otras, pues familias colmenareñas de abolengo se vieron obligadas a dejar su pueblo natal por las situaciones dramáticas y trágicas que se produjeron en los años de anteguerra, guerra y posguerra, de cuyas familias algunos de sus miembros no volverían más a su pueblo, y otros lo hicieron pasados bastantes años, pero ya en condiciones diferentes, como distintas fueron algunas costumbres, aunque hubo otras que, pese a todo, perduraron.

Y este cambio social afectó al Café de las Columnas, pues desapareció poco tiempo después, como había ocurrido a parte importante del elemento humano que lo componía. No mucho después dejaría también de existir el Café del Tío Hilario, aunque en el mismo edificio, en los bajos, seguidamente apareció un café cantante, con el nombre de Ruma, que ha vivido hasta hace poco tiempo como bar con el nombre de Dorado. Pero hoy nosotros vamos a recordar el primero, el Casino o Café de las Columnas, donde acudía la sociedad colmenareña de más alto copete, no demasiado alto.

Aún hoy podemos hacernos una idea de lo que fue físicamente aquel salón de baile y centro de reunión social, pues aún mantiene su estructura, quizás hasta la puerta de entrada desde la calle, aunque actualmente, en su vejez, dé acceso a una carpintería, sita en el edificio marcado con el número tres de la plaza de Luis Gutiérrez, así titulada desde que el Ayuntamiento, a su originario de Puerta del Sol, en sesión de 24 de marzo de 1924 le diera este nombre.

Aquel salón era recoleto, acogedor, de forma rectangular, de alrededor de noventa metros de superficie, con cuatro columnas de hierro forjado, que aún se mantienen. La fachada de la plaza cuenta con una doble puerta de acceso y una ventana. Al fondo había una sala, hoy acristalado su techo, que servía de lugar de tertulia y de sala de juego, bar, donde, además, existía una mesa de billar. Seguidamente estaba la cocina, donde recuerdo que la tía Julia Colmenarejo, esposa del dueño, Lorenzo Pérez, en cierta ocasión, nos preparó a su nieto Pedro y a nosotros, sus amigos, las viandas para el Día de la Merienda, Jueves de la Ascensión, que tanto brillaba por entonces.

De esta sociedad de esparcimiento y solaz formaban parte un número de socios que pagaban una cuota, con derecho a todos los miembros de la familia a las fiestas que en ella se celebraban.

En el salón, como apunté más arriba, en el breve tiempo que lo conocí, en sus postrimerías, se percibía la intimidad y cercanía que daban los espejos colgados de las paredes circundando la pista de baile, reflejando las ilusiones de la juventud que bailaba, mientras las curiosas, y los curiosos, murmuraban sentados en los bancos, forrados de terciopelo rojo, que ocupaban el perímetro del local, amenizadas las paredes con escenas de pinturas hawaianas, obra de Carlos Richard, de las que aún existen restos. En este lugar, donde se forjaron tantas nuevas familias (¡romántico paseo alrededor de la pista de la nueva pareja de novios cogidos de la mano, cuando bailaban por primera vez ante los padres!), se vivieron momentos de felicidad familiar, de amistad y de amor, y en la habitación del fondo, en la sala para hombres, era lo habitual, se jugaban partidas de cartas, se hablaba de toros, de los de las ganaderías locales, de toreros, de Joselito y Belmonte, y de Torquito, y de Mazantinito, diestros estos últimos que alguna vez acudirían a este centro público.

Este ambiente de regocijo, de localismo cercano e íntimo, sufrió los dramas y las tragedias fratricidas de una guerra con ruinas y muertes, con ella, el Café de las Columnas, el Casino, hubo de desaparecer, y la nueva juventud de posguerra, muy joven, acudió a bailar al Salón de la Línea, al “Baile de los Colas”. Pero ésta es otra historia, ya contada.


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