Cosas de Colmenar

COSAS DE COLMENAR

Importante Museo Taurino en Colmenar Viejo
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NOVIEMBRE

* Fernando de la Morena


¿Por qué a ciertas personas les da por coleccionar objetos de cualquier tema o asunto, ideas que luego, en la lejanía de los tiempos, nos permiten conocer cómo eran, cómo vivían aquellos personajes que las usaron?


Hace bastante tiempo se me invitó: “Fernando, ¿cuándo vas por mi casa, que te van a gustar cosas que tengo allí?” Diversos motivos han retrasado la visita. Pero en esta vida casi todo llega, como ha ocurrido el pasado sábado día 17 de octubre con esta demorada visita.
Enfilamos la carretera por la ermita de La Soledad, La Espera, la cuesta de la Mina, encontrándonos poco a poco con la autovía a Madrid, M-607: Charca del Metro, Las Llanaíllas, Primera y Segunda Casetas, Curva de los Pinos, Cerca del Escabechero, donde cayeron algunos automóviles y murieron algunas personas, y llegamos al inicio de la Alcantarilla Grande. Aún quedamos algunos colmenareños que nos dicen del ayer estos nombres carreteros, de una vía estrecha a Madrid, actualmente autovía, lugar donde el hoy nos presenta rótulos brillantes, llamativos, de marcas automovilísticas internacionales, en los altos de edificios modernos, de vida mecanizada, comunicados por callejuelas frías, sin espíritu, y espacios urbanos ocupados por infinidad de brillantes, orgullosos vehículos automóviles.

El lugar, muy cerca de la Cerca del Escabechero, se denominaba ayer Las Tejoneras, campos estos y sus alrededores labrantíos de trigo, de cebada, de centeno, de…, en el ayer de nuestros mayores y de nosotros mismos. Hoy, aquí, en un espacio urbanizado, amplias puertas dan entrada a un extenso y claro jardín, que, cuando se abren, nos impresiona una figura humana en bronce, tamaño natural, vestida de torero, que da la sensación de que nos saluda desde el tercio del ruedo de la plaza, mano en alto: es el mítico Manuel Rodríguez “Manolete”. Del porche, al fondo, sale una voz en exclamación: “¡Hombre, Fernando!” Extasiados ante la figura del torero, nos impone la del toro, asimismo de tamaño natural, y otras más, todas en bronce, resaltando la fuente con la familia gitana, humedecida por el agua cantarina que sale del grifo. El jardín es amplio y luminoso, de piscina de agua azul. El día es claro y templado, de otoño serrano, pues la Sierra aparece al fondo, y de tertulia en el porche, donde nos recibe un reducido grupo de amigos y el anfitrión, el coleccionista, el colmenareño Ginés Bartolomé Ariza, dueño, además, de este emporio automovilista, aunque en esta ocasión, lo que nos importa es el emporio taurino, que, seguidamente, nos invita a admirar, previos los saludos correspondientes.


Al dueño se le nota alegre y deseoso del inicio de nuestra visita al interior del moderno edificio. Nada más entrar al recinto se percibe historia de la tauromaquia contemporánea, se nota desde el principio riqueza museística en los objetos expuestos. Pero no nos adelantemos, pues hemos de ir muy despacio, recreándonos, y escuchando las explicaciones del anfitrión, pues  muchos de los hechos históricos que representan los objetos expuestos fueron presenciados personalmente por él, y recibidos de los propios toreros, por lo que el futuro de este museo de tauromaquia es esperanzador, hay que cuidarlo.
Lentamente recorremos varios y amplios salones, habitaciones y escaleras, pasillos comunicadores de estos lugares museísticos, en cuyo recorrido se percibe una sensación extraña, como de misterio de novelas de esa condición, motivada por esos cientos, ¿miles?, no exagero, de objetos taurinos, entre ellos vestidos toreros que cubrieron los cuerpos de esos hombres que con un trapo en la mano dominaron la sensación de miedo que produce la agresión fiera del toro.


Esta impresión que siente el torero ante su antagonista, el toro, es el motivo de que Ginés haya reunido todas estas cosas, y responda a la pregunta que nos hacíamos al principio. Sería imposible reseñar todos y cada uno de los objetos que forman el “Rincón de…”, aquí el nombre de muchos toreros contemporáneos: un traje de luces, un traje campero, una muleta, una espada y piezas personales, que indican la personalidad de cada torero, incluso en estos lugares un libro alusivo a cada uno. Es bonito el detalle. ¿Cuántos trajes de luces están expuestos en cada “Rincón de…?, ¿cuántos carteles? ¿cuántas figuras de bronce y grupos escultóricos? Y ¡cuánta admiración por estos hombres, que la contemplación de los objetos que usaron nos produce en estos momentos, la sensación de misterio que expusimos al principio!


A este museo, a la amplia y sobria finca de Las Tejoneras donde nos encontramos, colmenareña, le espera un futuro taurino: además del museo, una plaza de tientas.
Mientras contemplábamos tantos objetos, libros y obras de arte aquí reunidos, del valor y también del miedo, que constituyen la personalidad del torero, me puse a pensar en la responsabilidad que ha adquirido Ginés, porque esto no se puede perder. Su futuro hay que preservarlo, pues nos dice cómo fueron los diestros que los usaron.


En el recorrido museístico, con un capote expuesto, dos verónicas y media, y, al final, en el porche, con los amigos, charla sobre el tema: los toros. Y se habló de cargar la suerte, concepto ya perdido en el aficionado de hoy.

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