
* M. Pérez Estévez
Recordando hechos y costumbres del ayer, aparece el revivir “la mili”. Cada mes de noviembre “los mozos” que cumplían 20 años eran requeridos por el ayuntamiento para alistarlos al año siguiente en el servicio militar obligatorio. Eran los quintos de cada año.
Era un día grande, y de esfuerzos económicos, de total estreno de ropa y calzado para el mozo-quinto que salía de su casa con emoción, caminando hasta el ayuntamiento, arropado y acompañado de sus familiares y amigos más cercanos.
Un rápido examen médico en el que se medía la altura, el ancho de pecho, el peso y la prueba testicular que diagnosticaba el “apto” para el servicio.
Y a la salida, la foto para el recuerdo (en esta ocasión de la quinta del 61) y a celebrarlo de bar en bar por la calle de la Feria, a veces con música de viento o de cuerda, antes de ir a casa donde la pregunta de recibimiento obligado era ¿has dado la talla?. Una comida preparada en familia se anteponía al fin del día que culminaba con el baile, pagado por los quintos del año, en el tradicional “baile de cangilón”.
Tan solo quedaba esperar unos meses para conocer, por sorteo, la suerte y destino militar de los mozos y buscar algún que otro enchufe (que siempre han existido) para que el servicio obligatorio fuese lo más cercano y cómodo posible.
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