
Fernando de la Morena

Las plazas de los pueblos de España siempre fueron su corazón, el vivir diario de cada vecino estaba conectado con ellas, por eso cada una tenía la personalidad de los vecinos que la vivían, la vivían desde niños en sus juegos, se subirían a las “pilas de sus farolas”, de las que muchas veces sus grifos no destilarían agua, como las de mi plaza. La vivieron de jóvenes en sus ilusiones de amor con las chicas de su pueblo, y, ya de mayores, sentados en bancos de piedra, rememorando recuerdos lejanos de ilusiones y desencantos. Y ya, de muertos, es posible que la visitaran en un féretro, pues posiblemente su plaza, como la mía, la que yo viví, fuera paso obligado, camino del camposanto del Socorro. Ésa que contemplamos, de Colmenar Viejo, siglo XIX, ya nadie existe que la viviera tal cual, tenía un corazón que latía; en ese momento que contemplamos, fiestero en tarde de toros, con espectadores expectantes y curiosos desde los balcones de sol. En el centro, no se ve, un pilón, abrevadero de animales, que, pasado el tiempo, su lugar lo ocuparía una farola, la “Farola de la plaza”, de la plaza de mi pueblo, con nombres variados: de la Constitución, del Generalísimo, del Pueblo. ¿Para cuándo “de la Villa”? Para siempre, aunque ahora nueva, recién estrenada, sea desangelada, pulcra, pero descorazonada. No late.
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