
* Luis del Abra-Analista Financiero
En los últimos meses, hemos asistido desde los medios de comunicación
a diferentes noticias referidas a proyectos de fusión entre distintas
Cajas de Ahorros. Este tipo de operación resultaría de interés
menor si no fuera por los aspectos “colaterales”, es decir, lo que pasa
con estas entidades puede afectar de manera muy directa a sus
impositores, en breve, a sus clientes.
En el fondo, no pasa nada porque dos (o más) cajas de ahorros, en
busca de una mayor eficiencia y de un fortalecimiento financiero,
unan sus balances, si en la integración resultante se obtiene otra entidad
más robusta que aporte a los clientes y a la sociedad en general,
mayor seguridad y mejores servicios financieros. Otra cosa es el
escenario que estamos contemplando últimamente.
Por una parte, asistimos a fusiones anunciadas, promovidas por las autoridades autonómicas, como en el caso de Caixa Galicia y Caixa Nova. Por otro lado, es más que significativo el de Caja Castilla la Mancha, la pionera en destapar la caja de los truenos del sector. Otro más, el de Caja España en “feliz” proceso de unión con Caja Duero. Y el más reciente, el de Caja Sur, que se unirá a Unicaja, tras un ultimátum del Banco de España. Por cierto, que la disyuntiva “o fusión, o intervención”, lanzada por la autoridad monetaria ha provocado no pocos nervios entre los clientes. Así, mientras desde las más altas instancias se habla de la fortaleza de nuestro sistema bancario en general, las mismas aseguran que no deberían existir más allá de 15 cajas de ahorros, cuando en la actualidad hay 47.
A todo esto, añadamos –aunque es cosa conocida- la elevada intervención política que padecen este tipo de entidades, así como la ausencia de dueños identificables y nos encontramos con un panorama poco homologable con lo que ocurre en los países de nuestro entorno. Sin embargo, nada de esto debería parecernos novedoso. Ya se sabe cómo se articula el poder en las Cajas de Ahorros, con una fuerte dependencia de las instituciones políticas en la gestión, con todo lo que esto representa.
Tenemos un ejemplo cercano en Caja Madrid, más que conocido por todos y otro en las dificultades para unir a tres bandas las Cajas vascas. El quid de la cuestión reside en quién va a cambiar el sistema, si es que quienes pueden quieren cambiarlo.
No obstante, conviene analizar el proceso con un cierto distanciamiento. Continúa siendo importante para todos el compromiso del Fondo de Garantía de Depósitos, por el que es el Estado quien garantiza a los depositantes e impositores de todas las entidades bancarias hasta 100.000 euros por titular, para el peor de los casos posibles (que por cierto, no se ha dado nunca hasta ahora).
Por tanto, no es ilusorio mantener la confianza en un sistema que, aunque sea mejorable en muchos aspectos, mantiene en pie la oferta de seguridad para con nuestros ahorros. Y entre tanta crítica y tanto desencuentro, no deberíamos olvidar la importante contribución que las Cajas de Ahorros han aportado –y deben continuar en este empeñoal desarrollo económico y social de nuestro país. Que lo cortés no quite lo valiente
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