COSAS DE COLMENAR La nieve: su belleza e inconvenientes * Fernando de la Morena Sanz
El copo de nieve en solitario, cuando cae leve y silencioso y se posa en cualquier lugar es como una mota de polvo blanco que no molesta a nadie, que sí lo hace cuando se convierte en una capa densa, molesta la del polvo, y, en principio, bella en su albor la de la nieve, que, al final, también adquiere ese mismo carácter negativo, con los correspondientes inconvenientes, como ha ocurrido en determinados días del pasado mes de enero. Además, en la actualidad, se da una circunstancia muy singular: que esa ligera motita blanca, en su silencio y levedad, en asociación, formando una capa blanca, tiene tal poder, que domina al hombre, a la modernidad, formada por máquinas sofisticadísimas: coches, aviones, trenes, a los que convierte en pura chatarra inmóvil, inservible, ante la incapacidad de la soberbia del ser humano. Lo hemos podido comprobar en los días del pasado mes de enero del recién nacido año 2009. El día nueve de dicho mes apareció cubierto su cielo, que a media mañana comenzó a soltar volanderos copos de nieve, que en su liviano movimiento se posaban sobre los hombros del viandante, en el suelo y en la cubierta de los edificios, hasta ponerlos blancos impolutos. ¡Está nevando!, decimos con regocijo. Es cierto: es un bello espectáculo ver caer la nieve, como delicados y hermosos son los espacios cubiertos por el albo manto. Pero, ¡ah!, a las carreteras, autopistas, autovías, las convierte en depósitos de vehículos automóviles inservibles, dentro de los cuales se escuchan maldiciones, palabras duras, recriminaciones contra las incompetentes autoridades de todo tipo, incapaces, con toda su falsa locuacidad, engañosa en ciertos momentos oportunistas. Al poderoso y potente avión, orgulloso en las alturas, lo tiene calladito e impotente en las pistas de despegue, y a miles de personas las convierte en seres sufrientes en espaciosos y modernistas lugares. ¿Qué fue de aquella altanería tonta del ser humano, que se rinde dócilmente ante el delicado copo de nieve? Cambiemos los tiempos, los ambientes y las circunstancias, y fijémoslos en el Colmenar Viejo de los años cuarenta y siguientes del pasado siglo. Y a la mañana siguiente, temprano, al alba, (¡qué bonita expresión!), el hombre madrugador para ir al campo, se encontraba con el manto blanco de la nieve cubriendo todo lo que contemplaban sus ojos. Y tenía que ir al campo, e iba al campo, muchas veces andando, con abarcas en los pies, otras a caballo o en borrico, con el saco de paja cruzado ante él, alimento que había de echar al ganado, que lo esperaba en el resguardo de la mata o del peñote. Era el inicio del día, blanco de nieve, cuando no había toneladas de sal en prevención, como de vez en cuando amenazan algunos políticos actualmente, que luego no se emplean por ineptitud de quien debiera hacerlo. El pueblo se despertaba, el frío ambiente lo desperezaba, y contemplaba admirado la blancura nívea, pero había que salir de casa, y todas las aceras y las calzadas aparecían cubiertas de nieve, y pronto se oía el raspado de los cogedores o de las palas de hierro sobre el suelo, limpiando un espacio para poder salir de los domicilios, acumulando la nieve a un lado u otro, como luego hacían los empleados municipales con medios muy elementales por alguna calle, nieve que se apelmazaba en las aceras, esperando la próxima nevada, que, en ocasiones, no tardaba en llegar. Para los chicos era un día de vacaciones, de asueto y de jolgorio, no tenían escuela, y la nieve estaba a su disposición para las “dreas”, entretenimiento sin descalabros, y para los patinazos y la formación de muñecos con el blanco elemento. Tras la euforia general llegaba la calma y los problemas: los hielos, que rompían las tuberías de los pilones de los corrales; de las canales de los tejados caía el agua (los canalones fueron obligatorios a partir del 12 de octubre de 1943), y se formaban estalactitas de hielo, los chupones, que adornaban los tejados. Este año los he visto, como he contemplado varias “cuerdas de hielo” formadas por el mismo sistema. Nunca lo había visto. Tengo la idea de aquellos años, de que “Nin”, el hijo pequeño del tío Lorenzo Pérez, el dueño del baile de Los Colas, esquió por la calle de la Feria. Eran nevadas de 20, 30, 40 centímetros de espesor, que aquellos hombres, y también los chicos, sentían que humedecían sus pies, sin botas de goma ni calzado especial, circunstancia que ni a chicos ni a grandes les impedía cumplir a cada cual su misión. |
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