COSAS DE COLMENAR En Colmenar Viejo nació un arzobispo
En Colmenar Viejo, el día 27 de junio de 1703 nació un niño al que en el Bautismo se le puso el nombre de Manuel Diego José, hijo de padres de alta alcurnia, don Juan Thomás Rubio, natural de la ciudad de Daroca, del Reino de Aragón, abogado de los Reales Consejos, Gobernador y Oidor de Mallorca, y doña María Ignacia Salinas, de no inferior alcurnia, de Alcalá de Henares. El infante colmenareño tuvo un hermano, nacido en Daroca, que fue capitán de Granaderos del Regimiento de Infantería de Flandes y miembro de la Orden de Caballería de Santiago. ¿Qué objeto trajo a esta familia a Colmenar Viejo? Nada hemos encontrado.
En 1731 fue nombrado Capellán de Honor del Rey Felipe V, y fiscal de la Real Capilla. Para ocupar tales cargos, don Manuel Rubio hubo de someterse a las pruebas de Limpieza de Linaje. Los señalados cargos que fue ocupando a lo largo de su vida se debieron a su valía personal y a su don de gentes, que eran resaltables, lo que motivó que el Patriarca de las Indias, el Cardenal Borja, le nombrara albacea testamentario y legatario específico de importantes valores, entre ellos una mitra de gran valor, que don Manuel conservó hasta el final de su existencia; igualmente, el Duque de Bernates y la Duquesa de las Nieves le nombraron albacea y legatario. En 1738 fue señalado para abad de la abadía de San Isidoro de León, donde permaneció hasta su nombramiento para la silla arzobispal de la Capital de Méjico, tierras en las que dejó imborrables recuerdos en toda la sociedad azteca.
El fallecimiento del Arzobispo de la Ciudad de Méjico, don Juan Antonio Bizcaron y Eguiarreta produjo una situación delicada en el ámbito político en la Corte española, dada la importancia de esta sede arzobispal en América, pero, conocida la valía personal de Rubio y Salinas, el Padre Francisco Rábago, confesor del Rey Fernando VI, le propuso a los ministros para ocupar dicha silla arzobispal, siendo aceptado; y, conocido el hecho por el Rey Don Fernando, hizo esta observación: “Muy bueno es, pero yo no lo quisiera tan lejos”. Cuando le fue comunicado al interesado el nombramiento, ya con cuarenta y cinco años de edad, dudó en la aceptación, debido a las circunstancias, pero el jesuita P. Rábago le convenció, y su condición eclesiástica le llevó a aceptar. Seguidamente, se trasladó a la Capital a dar las gracias a S. M. el Rey, quien, ante la importancia del cargo, le dijo: “Vais al Toledo de las Indias”.
Antes de salir de España el 6 de marzo de 1749 declaró formalmente la erección de la Real Colegiata de Nuestra Señora de Guadalupe, en cumplimiento de la bula papal. Partió hacia Nueva España el 27 de mayo del mismo año, y fue consagrado el 24 de agosto en la ciudad mejicana de Puebla, y llegó a la Capital el 10 de septiembre siguiente. En los nuevos territorios se encontró con importantes problemas que hubo de resolver, y muy pronto comenzó su misión, su fructífera actividad, que tuvo una duración de dieciséis años, durante los cuales desarrolló una importante labor religiosa y social, pues publicó varios e importantes edictos y cartas pastorales, entre ellas la Carta Pastoral con motivo del terremoto ocurrido el año 1755; ordenó la finalización de importantes edificios y la construcción de otros nuevos, y expidió importantes documentos dirigidos al clero, en sentido de ordenar sus vidas, y consagró a varios obispos en aquellas tierras. Don Manuel Rubio y Salinas fue el cuarto en el orden de ocupación de dicha silla arzobispal, en cuyo desempeño fue retratado por el pintor mejicano Manuel Cabrera, a quien encargó un retrato de Nuestra Señora de Guadalupe, que fue conocido, alabado y admirado por el Sumo Pontífice, Benedicto XIV, obra que se conserva en el Museo Nacional de Méjico. Este importante pintor mejicano, asimismo, fue autor de un retrato de sor Juana Inés de la Cruz. Durante el reinado de Carlos III, el día 3 de julio de 1765, en la Capital mejicana, le llegó la muerte al Arzobispo, a la edad de sesenta y cinco años, después de sufrir grandes padecimientos por la enfermedad de la gota, estado que llevó con gran resignación y dignidad. Profunda consternación produjo su fallecimiento en aquellas tierras, lo que motivó muy destacadas honras fúnebres que tuvieron lugar los días 10 y 11 del mes de octubre con gran solemnidad, cuya preparación motivó tal demora. El elogio fúnebre corrió a cargo del doctor y maestro don Cayetano Torres y el túmulo para tales honras mortuorias fue obra del citado pintor mejicano Miguel Cabrera. El epitafio que figuró en tal monumento empieza así: “En este túmulo yace aquel de quien no era digno el mundo. El Ilmo. Doctor Rubio y Salinas, Arzobispo y padre de la ciudad de Méjico…” |
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