COSAS DE COLMENAR En busca de la huella que no encontré * Fernando de la Morena Sanz El día 11 de enero pasado, domingo, día claro, de cielo azul colmenareño después de la nevada del viernes 9, decidí irme a mi campo habitual por la carretera de Cerceda, pero, llegado al río Manzanares, la nieve y el hielo me lo impidieron. “¿Qué hacer, me vuelvo a casa?” Aquí, al margen del río madrileño, al sitio de Puente Nuevo, donde hay un panel que dice “Puente Medieval”, dejé el coche, y con la garrota en la mano, pián pianito, enfilé la colada de Fuente las Liebres, cubierta de nieve, aunque ya hollada por bicicletas y varios vehículos automóviles, con algún trozo helado, por lo que yo no me atreví con el mío. Adelante, Fernando. Miré a mi alrededor, y, ante la serenidad y la blancura ambiente, sentí una sensación especial, de lejanía de años, de mi infancia en la finca adonde me dirigía. Emprendido el camino, sin vestimenta ni calzado especial. Era un espectáculo esplendoroso; miraba dónde ponía el pie, y ese lento caminar en solitario me permitía pensar, recordar y buscar la huella de conejo que no encontré en todo mi caminar, pese a que mis ojos inquisitivos buscaban en la manta blanca que arropaba el suelo de este campo tan conejero ayer. ¿Qué ha pasado?, le pregunté a los cazadores y a las autoridades ausentes. A lo largo de mi andar sobre la nieve fui rememorando cuando al cazadero íbamos un pie tras otro, luego en burro, a caballo, en bicicleta, en moto, y, finalmente, en coche, con radio y calefacción, con la correspondiente pérdida de alicientes, pues se dejó de oir aquello de “Por ahí va un cazador…”, que cantan en la zarzuela “El puñaó de rosas”, cuando se iba con la escopeta colgada al hombro, con la canana a la cintura y el perro saltando alrededor del cazador, contemplado por el pueblo con cierta envidia, aunque a la tarde volviera “bolo”, y le preguntaran: “¿Y qué ha cazaó usted?” “Pues no he cazaó ná, ná, ná.” Pese a ello, escenas como estas zarzueleras eran un aliciente cinegético. A mí, por mi edad, me tocaron tiempos aún buenos, y después menos buenos, siempre cazando con perro de muestra, aunque el compañero o compañeros los llevaran de otro tipo, circunstancias que daban lugar a comentarios y disputas entre ellos: “Un conejo matado con perro de muestra, ´Rifle´, vale por cinco cazados con el chuchero, ´Edelmira´”, decía yo. Aquí quiero dedicar un recuerdo a mis amigos Patricio Torres del Valle, q.e.p.d., y a Miguel Ángel Santamaría González, que tanto le gustaban los conejos, ¿lo recuerdas?, con los que tanto pateé estos campos. Luego, el correr del tiempo, me dio un compañero joven, mi antiguo corralero, mi sobrino Félix. Resalto lo de corralero porque es una etapa muy importante en la formación del cazador. Algo parecido se da en el aficionado a los toros, tan paralelas ambas aficiones, pues en esta última también se requiere un aprendizaje. La degeneración venatoria por esta comarca seguía su curso: el campo, siendo el mismo, era otro, pues sus circunstancias ambientales habían cambiado, como se habían modificado las facilidades en los transportes y en las armas. Todo distinto. Aunque ya era un tiempo en declive de la caza, recuerdo con cariño mis últimos tiempos de cazador, con compañeros de ellos muchos nuevos, de los que aprendí tantas cosas, época en la que hice de cronista en La Guía, con títulos como Los amigos del campo y La caza, Comunidad de amigos, ¿Se pierde la perdiz en Colmenar?, En Las Carrizosas, ¿Qué le pasa al campo? Eran los años 80 y 90, en los que un grupo de amigos y amantes del campo, durante varios años, un día en la temporada lo dedicábamos a practicar nuestra afición en comunidad, en una especie de campeonato de andar por casa. Nos citábamos: a las siete en el bar de La Mochuela. Siempre alguno se retrasaba: “Hay que esperar, que Alberto no ha venido aún”. Y mientras, hacíamos planes, preguntábamos: “¿Quién lleva las chuletas?”, que luego se asaban en las brasas, bajo la dirección, en alguna ocasión, del tío Bure; otras veces teníamos coida o cena en el bar de “Garbanzo” o en otro lugar semejante, y se concedía un objeto al campeón. Recuerdo que algunos participantes ostentaban apodos toreros, con los que se podían confeccionar carteles de toros de plena actualidad: Viti, Capea, Tinín, eran el rescoldo de aquellos Frascuelo, Guerra y Espartero de ayer. Las circunstancias llevaron a los cazadores locales a reunirse en asociaciones con este carácter: de Colmenar Viejo, de Los Remedios, titulares de cotos sociales, de los “Pobres” y de los “Ricos”, se les decía. Hoy, cuando por la calle me encuentro a alguien que todavía va al campo, le pregunto: “¿Cómo está la caza en Colmenar?” “Mal”, dice, con cara de circunstancias, “este año ha habido algún conejito…” |
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