EL SÉPTIMO ARTE Monumento a los perdedores * José Colmenarejo
Tardó el mundo del cine en darse cuenta de que son los perdedores, los que no consiguen llegar a la meta, los que dejan que sus sueños se pierdan en una lastimera cotidianidad, los más atractivos para la cámara. Quizá porque viendo sus derrotas del día a día nos sentimos identificados con ellos, o porque nuestras vidas parecen más relucientes al lado de las suyas. El caso es que siempre será más romántico ver a Humphrey Bogart alejarse entre las nieblas dejando escapar a su amor, resignado ante su apagada existencia, que cualquier beso apasionado con el cartelito de “The End” superpuesto. Los perdedores de cine abundan en las películas sobre boxeo, ese deporte tan “bestial y sublime” como diría Garci. Joyas como “Marcado por el odio” o “Fat City” lo demuestran. Resulta dificil no sentir escalofríos al escuchar a Marlon Brando decir aquello de “yo pude haber sido bueno” en “La ley del silencio” o al ver a Robert De Niro mirándose en el espejo haciendo balance de su vida, sórdida y rota, en “Toro salvaje”. Aunque perdedores hay en todas partes, ya sea escritores con fobia al papel en blanco (Barton Fink), tempestuosos jóvenes que intentan ganar a la mala suerte en las salas de billar (El Buscavidas), hombres inconscientes que creen vislumbrar el sueño americano entre las pobladas calles de Nueva York (Cowboy de Medianoche) o cómicos ambulantes que se inventan un glorioso pasado (El viaje a ninguna parte). La última y mejor muestra de este rico cine la encontramos en la durísima “El luchador”, que cuenta la caída en picado de una ex – estrella de lucha libre (un deporte que es, en sí mismo, una farsa) y que, con la participación de Mickey Rourke, hacía que la realidad se confundiese con la ficción, en una historia desmitificadora y redentora. Si nos fijamos bien, observaremos que todos ellos, cada uno a su manera, lucharon para salir de la mediocridad, para ir más allá. Quizá no sean unos simples perdedores. Quizá sólo sean derrotados. |
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