Nueva Guia  

TEMORES FUNDADOS

Luis de Paola: el hombre que llegó tarde a la fiesta

* J.F. Lorenzo Robles
Las calles de Colmenar, seguramente, conocían más a Luis de Paola que las gentes de Colmenar. Sin embargo, a Luis sí le conocía un puñado suficiente de  incondicionales que supo llenar el pasado siete de mayo el acogedor espacio del pósito municipal para celebrar un entrañable “Encuentro con café” en su homenaje,  representando de paso a una gama de la sociedad colmenareña, reducida y selecta,  que finalmente convirtió en “pública y notoria” la figura de Luis.

Y es extraño. Y confirma la teoría borgiana o cortazariana que indica que las cosas crecen, siguen su curso, se reproducen sin ruido y acaban un día germinando en la memoria igual que en las esquinas, sin que aparentemente nadie se haya preocupado de cuidarlas.  Así con el recuerdo de Luis.

A los que lo conocimos como poeta, nos quedará la imagen de un hombre de apariencia despistada, que irrumpía de repente en un ambiente, una calle, una entidad bancaria o una institución publica y parecía -siempre- llegar por primera vez, como si terminara de bajarse de un tren en una ciudad desconocida. Precisamente Luis de Paola retrató fielmente en su poesía esa idea de “continua extrañeza”, de ahí el título de uno de sus poemarios “La confesión de un intruso”, en el que reconoce en sus versos que “quizá me equivoqué de puerta”, lo cual le llega a sentirse residente de un “mundo ajeno”. En ese mundo ajeno, precisamente, contextualiza sus versos, que a la vez que reflejan la continua nostalgia del exiliado que era, con raíces argentinas y con vivencias chilenas, denotan la vieja derrota de los que siempre llegan tarde a las fiestas, cuando se han apagado las luces y los amigos han regresado a sus casas. Sus poemas están repletos de escenas melancólicas -casa decadentes, pueblos vacíos, pampas desoladas, personajes perdedores, bares cerrados, despedidas definitivas, cines a media luz, trenes que se escapan- que nos ofrecen el retrato de un olvido imposible: el de su tierra de origen, teñida, también en sus versos, de ese aire sudamericano de desgracia, de ese fatalismo que acompaña a los autores que han conocido dictaduras y horrores, en ese ciclo que ya inmortalizara García Márquez, el de las estirpes condenadas a “Cien años de soledad”. Y, al mismo tiempo que ese extenuante paisaje, Luis de Paola nos confiesa que su viaje siempre ha sido en vano, como el de una huida imposible. Cuando él llega, ya lo hemos dicho, reconoce que la fiesta se ha acabado; incluso las ciudades tienen las luces apagadas, como si estuvieran abandonadas o “no abiertas” para él. Es como si nunca hubiera acabado de viajar, de llegar a su destino, de encontrar su sitio.


Ya su primer poemario, “Música para películas mudas”, con el que consiguió un Accésit del Premio Adonais en 1977, contextualizó su idea poética y la visión de su cosmos personal: la huida es imposible del todo, los amigos acaban desapareciendo, las ciudades derrumban su esplendor finalmente; estamos solos y hemos llegado por caminos extraños a sentirnos perdidos en un mundo que no acabamos de entender.

En ese mundo ajeno, en fin, vivió y murió Luis de Paola, que hablaba con tanta pasión del ajedrez como de la poesía. Como ajedrecista, quizá, incluso tuvo más fama que como poeta. Él rememoró su rostro de “campeón juvenil de ajedrez” en uno de sus poemas, lo que nos indica que el ajedrez fue en su vida bastante más que un deporte meditabundo.  Pero eso lo podrán decir otros. Igual que otros también podrán hablar de su dimensión bohemia, esa dulzura tabernaria que le hizo, como a tantos poetas, adentrarse en noches y  tertulias indagando los motivos inexplicables de la existencia. Pero a pesar de su imagen de personaje extraviado, de su autoconsideración literaria  de perdedor, Luis se salvó del naufragio vital suavizando los escollos de un mundo complicado, emergiendo del aparente desastre con una cita célebre o una frase ocurrente. Practicó, así, el optimismo de poetas como Celaya, José Hierro o Claudio Rodríguez,  que al final de la tristeza siempre conseguían vislumbrar esa imagen aleixandrina de la plaza abierta bajo una mañana de sol cierto. A pesar de su “leit motiv” -las luces apagadas de los pueblos sin nadie- los que hemos conocido a Luis sí hemos visto luces encendidas en su nombre. Precisamente, las que guardaremos siempre en la memoria

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