Afinando en Clave

AFINANDO EN CLAVE

Año Chopin

* Verónica Arroyo Olalla


El próximo 10 de marzo se cumplirán 200 años del nacimiento de uno de los genios de la música universal, Frederic Chopin, pianista y compositor, quien vio la luz del mundo en una aldea de Mazovia, a 60 kilómetros de Varsovia, capital de Polonia en 1810.


Aunque decía que detestaba escribir cartas, han sido preservadas unas cuatrocientas, de un total que podría exceder de mil. Muchas de sus cartas enviadas hacia su hogar fueron quemadas el 19 de septiembre de 1863 cuando en represalias por un atentado contra el gobernador ruso de Varsovia, las tropas rusas dispararon sobre el Palacio Zamoyski. Izabela Chopin, que ocupaba un apartamento en el palacio, heredó las cartas de Fryderyk y muchas cartas, así como objetos personales de Chopin se quemaron.


Los pensamientos e impresiones más reveladoras se encuentran en las cartas a sus padres y hermanas. Es por ello que veo significativo citar palabras textuales de las personas a las que hace referencia este texto.
Se cuenta que de bebé lloraba incontroladamente con el sonido de la música. De pequeño, cariñosamente, la familia le llamaba Frycek (Fede). Era un niño de claros ojos castaños, rostro fino y cabellos rubio ceniza. Cuando empezaba a andar se le encontraba agazapado bajo el piano para así oír mejor la vibración de las cuerdas. Se cuenta que una noche, cuando tenía cuatro o cinco años, la criada le vio bajar de la cama, dirigirse al salón y tocar sobre el clavicordio las piezas predilectas de su madre. La criada se lo contó a Justyna y ésta tras escucharlo durante un buen rato se le acercó y le dijo: “Está muy bien, Frycek pero ahora debes acostarte”. El chiquillo contestó: “Perdón, mamá, lo hacía únicamente para poder tocar por ti cuando estés cansada.”


Junto a su hermana Emile confeccionaba un periódico con el que irónicamente parodiaba el ‘Correo de Varsovia’.
Era un chico encantador, de exquisitas maneras, siempre diciendo las cosas correctas, sabiéndose comportar en todas las situaciones y sonriendo modestamente.


Antes de los seis aprendió tanto y tan rápidamente que podía tocar cualquier melodía escuchada e improvisaba sobre ella.
La mayor contribución de ?ywny a la historia de la música fue que reconoció que estaba en presencia de un genio y no intentó reeducarlo, y ni siquiera intentó corregir su particular digitación. Además, le inculcó el amor hacia J. S. Bach. Chopin tocaría una fuga de Bach casi a diario como ejercicio. En una ocasión, ante su alumna la condesa F. Müller Streicher tocó de memoria catorce preludios y fugas de Bach, y al acabar dijo a la pasmada jovencita: “¡Esto nunca se olvida!”. La única música que Chopin se llevó hacia Mallorca fueron los veinticuatro preludios y fugas de J. S. Bach. De hecho, sus veinticuatro preludios fueron un homenaje hacia Bach.

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