
* Fernando de la Morena
A lo largo del tiempo se ha resaltado la afición a la fiesta de los toros del pueblo madrileño de Colmenar Viejo, motivos los hubo por la condición de sus campos criadores de toros de lidia, famosos a lo largo de la historia hasta la guerra civil de 1936, en la que algunas ganaderías desaparecieron por destrucción absurda, y otras se vieron afectadas profundamente, hasta llegar a la situación decadente posterior, luego a la actual, lejos de aquellas épocas gloriosas del “toro de Colmenar”, aunque el espectáculo de la corrida en su plaza de toros local no alcanzara preponderancia significada hasta la década de los años 30 del siglo pasado, con la presencia en sus carteles de diestros de importancia. Pero los aficionados colmenareños pudieron considerarse distinguidos en relación a otros muchos de España, pues tuvieron a su alcance la posibilidad de conocer el toro de lidia en su ambiente, en el campo, desde su nacimiento, desde becerro hasta su lidia en la plaza; tuvo la posibilidad de presenciar con frecuencia las operaciones de herradero, las de tienta en plaza, su traslado de una finca a otra, por su situación geográfica, operación ganadera que adquirió el nombre muy particular colmenareño de “la mudanza”, labor campera de uso también en el traslado de los toros por caminos y coladas a las ciudades y pueblos para su lidia. Todas estas operaciones fueron, en gran parte, desconocidas para la mayoría de los aficionados del resto de España, de ahí el privilegio del colmenareño en estas circunstancias, pues fueron un don, una gracia para él, lo que motivó que este aficionado tuviera cierta inclinación hacie el toro, en detrimento del torero, e inclinación hacia el diestro voluntarioso y trabajador, quizás menos hacia el artista, y a la vez permitió la existencia de aficionados a los que les gustaba torear como tales aficionados, aficionados prácticos, se les denomina.
Por el contrario, Colmenar Viejo no dio toreros profesionales hasta muy entrado el siglo XX, y sin demasiada importancia. Además, Colmenar Viejo tuvo una faceta significada en la historia del toreo: ser cuna de un grupo distinguido mundialmente de escritores taurinos.
No hace mucho tiempo, un amigo me recordó alguna aventura de este tipo torero en el campo, de un grupo de amigos locales, de niñez y juventud, de aficionados a los toros, cuando, con una muleta materna, con diez años me enfrenté a una becerra en un herradero, y, en consecuencia, ese mismo hilo conductor torero me ha llevado a otras de carácter nocturno en el campo, con las consecuencias que indica el título que antecede.
Formábamos un grupo de amigos a los que, unos más otros menos, nos gustaba la fiesta de los toros, contagiosa por entonces, años cuarenta-cincuenta, lo que nos llevaba a torear de salón, lo que hacíamos en lugares determinados. Conocida entonces por los aficionados la variedad de lances y pases de capote y muleta, el gusanillo nos llevó al campo, incluso, en alguna ocasión, por la noche. Tengo una imagen muy lejana de una finca en la parte sur de Colmenar, hacia el paraje del cementerio de Santa Ana, donde, en alguna ocasión, intentamos torear de noche, pero tengo más claro el haberlo hecho en los corrales de la Dehesa de Navalvillar, con reses de media casta. Voy a dar algunos nombres que recuerdo de aquellas andanzas toreras nocturnas: Alberto González Quintana, Alejandro “Bohica”, hermanos Bollaín, José Luis y José Antonio, y, en una ocasión, Pedro de la Morena, e incluso Félix Ariza y quien esto escribe. Me cuentan de un puntazo recibido en un muslo por José Antonio Bollaín en una nocturna campera, pero sí está en mi memoria cuando el jefe del puesto de la Guardia Civil, por entonces el brigada Sr. Sánchez, nos citó en el cuartel por nuestras “hazañas nocturnas” en el campo. Parece ser que hubo quien se fue de la lengua con las consecuencias correspondientes para algunos de nosotros. Por cita de dicha autoridad, nos hicimos presentes en el cuartel Alberto González Quintana y yo: los dos ante la mesa del Sr. Sánchez. “¿Ustedes no sabéis (sic) que no se puede torear así?”, pregunta acompañada de las consiguientes consideraciones, entre ellas el castigo que se nos podría imponer, que sería: multa de cien pesetas (de entonces) y corte de pelo al cero. Dependía del ganadero, que parece era Fermín Sanz, conocido popularmente como “Fermín Lile”, en quien parece que influyó el parentesco con los acusados, pues yo pude seguir luciendo mi pelo colorado, para que Juan Belmonte sentenciara sobre mí, una vez que me lo presentaron: “Chaval, para ser torero es menester teñirse el pelo”, y como no me lo teñí, pues no fui torero…, y aquí estoy escribiendo estos añorantes recuerdos, ya tan lejanos.
Pasado algún tiempo tuve alguna relación personal con este guardia civil y gran persona, entre las que figura una anécdota muy simpática. Al poco tiempo de ocupar el cargo de Jefe del puesto de la Guardia Civil en Colmenar Viejo, una tarde de domingo de verano, el Sr. Sánchez y su familia, esposa e hijas, creo que dos, se hizo presente en la kermés de la Terraza España, donde, sentados alrededor de una mesa, éste que escribe, aspirante a torero nocturno, ni corto ni perezoso, con toda educación y vergüenza, se dirigió al Jefe del puesto de la Guardia Civil, y le pidió permiso para bailar con su hija el pasodoble que en ese momento sonaba, a lo que accedió amablemente. Luego, pasado el tiempo, bailé con su hija muchas veces, la que creo que se casó con un colmenareño. Vaya
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