EDITORIAL

El calvario de cabalgar sobre el 2010


Editorial - - MARZO 2010


Tratar de percibir el horizonte que indique donde se encuentra la barrera que nos permitirá superar la sensación de abandono en la que nos encontramos, resulta muy difícil, por no decir imposible, a no ser que se tenga vista de especulador andante. La actual crisis cabalga totalmente desbocada, especialmente cuando en la montura van ciertos sectores, aquellos que son los más débiles dentro del panorama nacional y los que menos ayudas reciben del estado o de otras administraciones.
El pequeño comercio, ese escaparate de la calle que se ha formado con mucho trabajo, con mucho riesgo de familias enteras que han apostado fuerte por contribuir a la economía de este país, dando trabajo a clanes enteros, a ciento de miles de trabajadores, cabalga peligrosamente por un terreno muy delicado. Los autónomos se encuentra desprotegidos por parte de la administración y su subsistencia se hace cada vez más preocupante.


Es fácil comprobar como muchas puertas del comercio de calle cierran para no volverse a abrir. La caída en picado de este sector, que ha sufrido una importante reducción de ventas durante los dos últimos años, generando también una caída importante del empleo. Las quejas que constantemente repiten los afectados, parecen caer en saco roto, ya que la administración apuesta principalmente por las grandes empresas a las que reparten importantes ayudas económicas, disfrazadas de dinero o de reducciones fiscales, mientras el autónomo se siente totalmente olvidado.


Este tipo de comercio ha sido, durante años, la columna vertebral de muchos municipios, en lo que se refiere a nivel económico y laboral. Sin embargo, en los momentos difíciles son los más olvidados por cualquiera de las tres administraciones (Nacional, Autonómica, Municipal), son el sector que más sufre, de manera directa, esta galopante crisis. Mientras las grandes multinacionales pueden salir reforzadas de esta recesión económica, familias enteras, que viven de esos pequeños escaparates de calles estrechas, agonizan por una situación de la que no saben como escapar, por el olvido permanente de aquellos que deben lanzarles en estos momentos un cable.


El otro sector más olvidado de esta situación es el de los trabajadores. Ellos son los que verdaderamente pagarán los deslices de nuestros políticos, a través de congelaciones salariales, de ERES irreverentes o de empresarios que salen indemnes de sus vuelos catastróficos, mientras dejan colgados y sin paracaídas a cientos de personas y endeudadas a las arcas del estado, por lo que no es de extrañar que como representante de un sector privilegiado, ya que a pesar de su incompetencia continúa en su puesto, clame el despido libre.


Mientras todo esto ocurre, el trabajador, el asalariado, o quizá habría que decir el parado, navega en la incertidumbre, pensando en el mañana, en cómo superar ese día a día que no parece que llegue a amanecer ni el sol asome por ningún horizonte camuflado. Este sector será el otro eslabón de la cadena que tendrá que pagar todos los desatinos creados por otros que se favorecen de ayudas millonarias.


Pero si miramos hacia nuestros representantes políticos, la sensación de abandono y desprotección se convierte un pozo oscuro. Mientras pretenden paliar la crisis a cuenta de que los trabajadores alarguen su tiempo laboral, de que personas que han estado años y años trabajando y jugando con su vida en algunos casos, tengan que esperar a los 67 años para jubilarse, nuestros políticos juegan con sus beneficios, que ellos mismo han puesto en marcha y remodelan cuando lo consideran conveniente, para irse a su casa con la pensión máxima después de once años ejerciendo una ficticia profesión, todo ello, gracias a un convenio con la Seguridad Social, como si este organismo no perteneciera a todos y sus dineros saliera del bolsillo de todos los trabajadores. Sueldos millonarios en época de crisis para irse a casa con retiros asegurados. Por el contrario, trabajadores o autónomos, deben cotizar durante años y años, si tienen la suerte de tener un puesto de trabajo, para despedirse a los 67 años con una jubilación mísera. Y es que estas situaciones la crean unos y las pagan otros, lo malo es que siempre son los mismos los que se sitúan en el mismo lado de la balanza.

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