
* Fernando de la Morena
AEn tiempos pasados, un visitante a Colmenar Viejo escribió, ¿dónde?, que no recuerdo, que este pueblo era como un libro mal encuadernado, que cuando lo tomas en las manos te causa una impresión extraña, una cierta repulsión, pero cuando lo abres, ojeas y hojeas y lees, te va atrayendo, hasta leerlo de un tirón. En el pasado, viniendo de Madrid, sí es posible que causara esa impresión: la torre pétrea, solitaria en las alturas, como reina absoluta de sus alrededores, desprovistos de árboles, con el color pardo dominando la estampa a ambos lados de la carretera, salvo en tiempos de primavera, verde en sus futuras espigas, doradas en el estío.
Esta estampa de desolación me la ha presentado el recuerdo de un concejal, que también la vio así, y quiso poner remedio, Miguel García Torres, que lo fue en la medianería del pasado siglo XX, en tiempos de penuria y necesidades, y, en cierta medida, lo consiguió, y, además, le fue reconocido en vida.
Veamos el campo de Colmenar Viejo: este, norte, oeste, fincas donde se crió, durante siglos, su famoso “toro de Colmenar”, que arropan a la villa con sus montes recios y sobrios, de encina, de enebro y fresno, y jara, toda esta reciedumbre arbórea existente gracias a aquellos criadores de toros de lidia, circunstancias que ignoran tantos “protectores” animalistas falsos. ¡Gracias!, Aleas, Gómez, Martínez, Bañuelos y tantos otros que conservasteis esta vegetación en nuestro campo. Luego llegó otro colmenareño que nos puso árboles en nuestras calles con medios muy modestos de posguerra. Hoy, el Ayuntamiento local tiene un departamento que vela por estas circunstancias arbóreas, y hace que este pueblo tenga abundantes parques, zonas verdes, variedad de arbustos y especies vegetales dentro de la población.
Miguel García Torres, que, como buen colmenareño de “antes de la guerra”, ostentó un apellido torero, “Guerrita”, nació a principios del siglo XX, de familia de clase media, e inició la carrera de Medicina, que, por determinadas circunstancias, no acabó, aunque, en su condición de practicante y de “matrona” realizó una loable y encomiable labor en la sociedad colmenareña, que, además, le proclamó concejal electo de la villa de Colmenar Viejo en el escrutinio celebrado el 28 de noviembre de 1957, y ocupó luego el cargo de Concejal Delegado de Parques y Jardines.
En la proclama previa a la celebración de las correspondientes elecciones municipales decía, entre otras cosas, el colmenareño Miguel García Torres: “Es, ante todo, la repoblación forestal la piedra angular de la prosperidad de los pueblos. Los pueblos que no tienen árboles son pueblos sin cultura, los árboles hacen a los pueblos ricos, con sus ramas como las plegarias que se elevan al Cielo, pidiendo al Todopoderoso que unidas las fuentes de riqueza… hagan posible la gran aristocracia del trabajo. Fórmese una gran colonia veraniega, dese a conocer su clima, su vista panorámica, su proximidad a Madrid, y, conseguido todo esto, unido con la belleza de los árboles, brotarán a raudales viviendas… que los obreros de Colmenar slagan del pico y la pala…” Todo fue su hacer en nuestro Ayuntamiento local.
Esto que proclamaba aquel colmenareño lo aplicó en muchos lugares de su pueblo, plantando árboles en el centro urbano, en el extrarradio, muy especialmente en su norte: en la Corredera, en El Vivero, en el Canto de la Virgen, lugar al que aún se conocía con ese nombre, que pobló de árboles, dándole vitalidad, y adecuándole para el paseo de los colmenareños, y convirtió en espacio de diversión y solaz, con el Ventorro, del que algún día trataremos, y la piscina de El Vivero, convirtiendo a este espacio colmenareño en el preferido como paseo de verano, urbanizando el entorno, instalando la cruz de piedra que estaba instalada en el que fue patio de la cárcel de partido, hoy denominado parque de Santiago Esteban Junquer. Aún esta cruz pétrea preside este espacio del Canto de la Virgen.
Otro paraje muy importante en el hacer municipal de este Delegado de Parques y Jardines fue el parque que aún se denomina de El Vivero, y que hoy da la sensación de que dormita y medita su vitalidad de ayer: la replantación de variadas especies arbóreas de aquellos días lejanos, y la instalación de la piscina y el quiosco, en cuya actividad, Miguel, el Delegado de Parques y Jardines, tuvo un extraordinario colaborador y ayudante, Manuel Aragón Matellano, fiel y silencioso, en compañía de los árboles que cuidaba como suyos, cuando los colmenareños paseaban, sin chándal ni nada en la oreja, por el paraje de la Soledad en invierno, por la Corredera y el Lavadero en verano.
Esta encomiable labor municipal de Miguel García Torres fue reconocida por sus compañeros del Ayuntamiento, que, en escrito de 21 de agosto de 1975, solicitaron tal reconocimiento, que se llevó a efecto por acuerdo de los concejales, tomado en sesión de 25 de agosto de 1975, en el que solicitaron la instalación de una placa en el parque de El Vivero con la siguiente inscripción: “El Ayuntamiento de Colmenar Viejo a Don Miguel García Torres por su labor de promoción y entusiasta dedicación en parques y jardines en esta villa”.
Ahí sigue la placa, sucia, sin lustre, abandonada.
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