

* Verónica Arroyo Olalla
Duelo de titanes: El fenómeno del virtuosismo alcanzó al piano. Figuras como Thalberg, Liszt o Chopin brillaban con luz propia en el París del siglo XIX: la fama de alguno de ellos fue tal que en 1837 hubo un famoso duelo entre los dos grandes genios del piano: Liszt y Thalberg enfrentaron sus talentos en un famoso salón parisino. Nunca quedó claro quién fue el vencedor y el vencido de este singular y entrañable desafío.
Obsesión fatal: Empeñado en emular a Paganini, Schumann truncó su carrera como pianista al atar el dedo medio de su mano derecha para asegurar la independencia de los dedos al tocar. Lo único que consiguió fue una parálisis en su mano que cercenó sus sueños para siempre.
El gran Thalberg: Este gran genio tenía tal fama como pianista virtuoso que el propio Berlioz en ocasiones aseguraba de él que parecía tocar, no a dos, sino a tres manos.
La famosísima bagatela de Beethoven, para piano conocida como «Para Elisa» debe su popular nombre, según parece, a la confusión de algún copista a la hora de transcribir el manuscrito original de la partitura. Debido a la mala legibilidad de la dedicatoria, donde parece estar escrito «Elisa» debe leerse, en realidad, «Teresa». Así, la bagatela debiera ser conocida como «Para Teresa».
Las famosas cuatro primeras notas de la Quinta Sinfonía de Beethoven fueron utilizadas en las transmisiones radiofónicas de la Segunda Guerra Mundial para fortalecer los ánimos, dado que en el código Morse tres puntos y una raya (esto es, tres notas cortas y una larga) equivalen a la «V», es decir, «Victoria».
A los catorce años Mozart era ya un afamado genio precoz que viajaba con su padre para dar distintos conciertos por ciudades y cortes europeas. Fue a esa edad cuando, pasando por Roma, acudieron ambos a la Basílica de San Pedro del Vaticano para escuchar un concierto que se ofrecía en la Capilla Sixtina y en el cual se interpretaba un famoso Miserere, obra de Allegri, cuya partitura era celosamente guardada y sobre la cual pesaba la prohibición de copiarla o reproducirla fuera del Vaticano. Tras el concierto, y ya en su alojamiento, el joven Mozart fue capaz de transcribirla de memoria nota por nota sin equivocarse, con lo que la partitura dejó de ser secreta y Allegri alcanzó cierta posteridad que de otra forma se le hubiese negado.
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