
COSAS DE COLMENAR* Fernando de la Morena
Este trabajo me lo ha marcado la pasividad que padece la afición taurina actual en Colmenar Viejo, que nada habla de ella; solamente algunos, ya menos, vamos al hartón de festejos isidriles, y algunos, no demasiados, acuden a algún festejo en ferias fuera de Madrid. Y la Escuela de Tauromaquia Miguel Cancela, local, pero hablar de toros, apenas.
Por mi edad, por referencias orales, literarias e históricas, conocí la afición de ayer, distinta: la fiesta y la afición a los toros de entonces.
Tengo que remontarme a los días especiales de mi lejana infancia y juventud de postguerra, de necesidades, pero alegres e ilusionados, con el deseo de asistir a los toros, en la plaza de Madrid un día de San Isidro o un luciente y brillante Día del Corpus, para ver a Pepe Luis Vázquez o a los toros de Pablo Romero, “que en paz descansen”. ¿Te acuerdas, Félix? Sólo estás tú. Era una afición incipiente, limpia, ortodoxa. “Embísteme bien”, le decía yo al amigo, cuando jugábamos a los toros.
No, no te salgas de la vereda, sigue al amor de la lumbre escuchando a tu padre, que cuenta de las tertulias de la calle, a la puerta de algún domicilio, hablando de toros y de los de Colmenar, o en el café de Las Columnas, tertulia de respetables y serios señores. En ese ambiente familiar e íntimo, en casa de mis padres, supe de aquellos aficionados de la generación anterior. Y por ese tiempo conocí a otros contemporáneos de mi padre, supe de sus discusiones en el bar de Ramón, en la plaza, del Generalísimo entonces: don Julio Quintana, Miguel Torres, Esteban Plaza, mi propio padre, cómo hablaban, con qué énfasis y conocimiento. Y un poco más tarde supe de otros, en distinto lugar, en el bar de Lucas, en la calle de la Feria, Victoriano Paredes, Cecilio Berrocal, Ramón Criado, Nicolás Rivas, Martín Mansilla, Tomás Ariza… y supe de algún festejo taurino organizado por ellos mismos, alguno en plena función de Remedios.
Y luego fueron mis discusiones con los amigos, Juan, Félix, José Antonio, José Luis, Perico, muy especialmente con éste, con el que más discutía: él, manoletista, de toreo perfilero, estático, de pies juntos, de “hacer la estatua”, entonces grave defecto, defecto que algún diestro actual sigue usando con gran éxito; y yo, de Pepe Luis Vázquez, clásico, artista, de toreo hondo, de suerte cargada, variado en su toreo, sevillano del barrio de San Bernardo. Eran, el cordobés y el sevillano, dispares en su concepción del toreo, como lo eran nuestros criterios, porque antes se podía disentir. Y aquellos aficionados, llegado el caso, toreaban de salón. ¿Dónde? En cualquier lugar: en un mirador acristalado en lo alto de una casa en noches de verano calmas; en el propio patio de la casa de mis padres, en atardeceres de primavera; en el patio de una tenería ya sin uso y muy organizados los juegos infantiles, entre ellos el toreo de salón; y en el patio de mi tía María, de la capilla de la calle de la Feria, donde alguna vez lo hicimos con Andrés Vázquez o Gregorio Sánchez. Siempre había un capote o una muleta.
Perdido con el tiempo este ambiente taurino, en los años 80-90, tratábamos el tema taurino en los Seminarios de Tauromaquia, organizados por la Universidad Popular, quizás ya como sucedáneo de aquellos tiempos lejanos, de discusiones taurinas, hasta llegar a la pasividad anodina actual del aficionado. ¿Es el reflejo de lo que ocurre en la plaza?
Así se vivía la fiesta de los toros en Colmenar Viejo, y así la vivimos mi padre y yo.
Por entonces, era muy popular un personaje taurino en las plazas de toros: el espontáneo, por cierto, poco apreciado por mí.
He escrito de las tertulias con mi padre, alrededor de la chimenea, donde el tema de los toros era muy frecuente, donde le escuché hablar de Belmonte y de Joselito, de los hermanos Torquito, frecuentadores de Colmenar y de la casa de mi abuelo Félix, y de Tomás Alarcón “Mazantinito”, un matador de toros madrileño que alternaba con la gente del pueblo en las tabernas colmenareñas. Y también le escuché de cuando él se tiró de espontáneo en un novillo que le correspondía al novillero, luego famoso matador de toros, Antonio Márquez, “El Belmonte Rubio”, años después suegro de Curro Romero.
Y en aquel ambiente de toros y de toreros, mi padre se tiró de espontáneo en nuestra plaza de toros. Pero fue distinto del que saltaba de los tendidos de sol, con la muleta enrollada bajo la chaqueta, pues él lo hizo desde la barrera del tendido 1, donde estaba con su novia, que años después fue mi madre, hija del presidente de aquel festejo, Félix Sanz. Iba vestido el espontáneo de traje cruzado, de buen corte, corbata y sombrero canotier.
Un saldo desde la barrera donde estaba a las tablas, y a la arena. Saltó sin capa y sin muleta, y a un subalterno que observaba la lidia, de un tirón le arrancó su capote, y se fue al novillo, al que dio cinco verónicas, que allí quedaron para el recuerdo de algún Colmenarejo, el ganadero don Félix Gómez, que, pasados muchos años, me dijo alguna vez: “¡Qué cinco verónicas dio tu padre!” Eso lo sabía yo, que, pasados muchos años, en mis escarceos investigadores, di con el cartel: Colmenar Viejo, 4 de junio de 1916. 4 novillos de Vicente Torres, para Antonio Márquez, bien lanceando, mal matando. Y Choni, que cortó una oreja. A mi padre nunca le oí decir haber querido ser torero, aunque toreó con frecuencia en el campo y en la plaza de Colmenar.
Así era aquella afición colmenareña
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